domingo, 13 de noviembre de 2011

Si se dejan, debe ser porque les gusta.

El caso de Cinthia Fernández y su bailarín en una performance de "Bailando por un sueño" no se trataría de uno especial si en su desarrollo no hubieran intervenido factores que la violentaron fenomenalmente y con el permiso de miles de televidentes que lo autorizaron como parte de una rutina que se repite día a día, con su imagen y la de miles de mujeres alrededor del mundo.

Se trata de un caso de violencia mediática y simbólica porque se expone su imagen a estereotipos culturales, además de mostrar su figura como un objeto de deseo y de posible reproducción, y no como un sujeto de derecho en igualdad de condiciones con su compañero, a quien la sociedad daría un trato especial y elevado por realizar este tipo de actos. Las normativas vigentes, que indican que se trataría de violencia mediática si se expusiera a una mujer a la explotación o la de sus imágenes, acto que injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de la misma, así como también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres, nos da un marco legal para justificar estas denuncias que, aunque cada vez son más los casos, y aumentan su nivel de gravedad, se ocultan o se reprimen, restándoles importancia y dejando a la mujer en una posición aún más vulnerable de lo históricamente acostumbrado.

Para la ley de Medios Audiovisuales, que busca promover la protección y salvaguarda de la igualdad entre hombres y mujeres, y el tratamiento plural, igualitario y no estereotipado, evitando toda discriminación por género u orientación sexual, exponer la imagen de una jovencita ante un medio masivo por excelencia como la televisión es someterla a los ojos de un público que se siente con derechos sobre el cuerpo de la misma, así como de sus actos y pensamientos, lo que la encierra en un estereotipo que la perjudica e influye en su desarrollo personal, encontrándose a sí misma dentro de prejuicios y tratos agravantes a su calidad como mujer y como artista.

Otro ejemplo grave de este tipo de violencia hacia la mujer es el de la mamá de Karina, una mujer que, en intentos de recuperar a su hija, rompe en llantos frente a una serie de cvámaras de televisión que las encuentran en un estudio, y, a través de sus gritos desesperados, es que llama la atención de su hija y de todos los televidentes. El fenómeno violento no se desarrolla del todo ahí: su imagen pronto estaría en manos de numerosos programas de televisión de canales abiertos, sobre todo de los que hoy tienen control casi absoluto de la programación cotidiana, y se usaría para burla y vergüenza, reproduciéndolo una y otra vez, generando productos con ella.


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