sábado, 25 de junio de 2011

Happy holidays.

Las mejores vacaciones fueron, sin duda, las de verano de este año. Pude disfrutarlas desde principio a fin, desde el primer día hasta el último.

Fiestas, salidas, viajes (cortos pero viajes al fin), recitales, chaya y amigos, muchos amigos. Conocí gente nueva, linda, grande, fea, chica y viví experiencias que me hicieron aprender más sobre lo más maravillosamente peligroso que tiene la vida: vivir. Fui muy feliz y sufrí mucho, pero siempre acompañada, por suerte.

Creo fervientemente que la alegría no está en los momentos, sino en las personas, y tengo la suerte de haberme encontrado con personas que creen lo mismo, o al menos así parece.

Siempre busco que la locura sea la motivación que nos lleve a hacer todo lo que queramos, que sea la alegría el motor, y que la felicidad lo que busquemos, y así fue en gran parte de mis vacaciones.

Tuve las mejores salidas con amigos que hubiese pedido, hubo unas algo frustradas y otras ilimitadas; hubo mates en el medio y muchos bizcochitos. Hubo mañanas y tardes con abuelos, comidas favoritas e historias de vida.

Hubo descubrimiento de ideales y parecidos, de sueños que acompañan al mío, y de identificación en otros de mis locas ideas. Hubo encuentros con viejos conocidos, con viejos amigos, y con viejos al fin.

Y como todo lo bueno tiene su parte mala, también tuvo sus partes non-agradable. Hubo sentimientos encontrados. Extrañamientos – ¿se dice así?-, distancias, mala suerte y un par de lágrimas, que por supuesto ayudaron a lo que soy ahora, bueno o malo, pero siempre intentando ser y hacer feliz a los míos.

Un dato importante: continúo en el descubrimiento de la persona que hay detrás del padre que me dio la naturaleza, y mi madre, por supuesto. Conocí mucho de su historia personal y sus sentimientos, sus gustos y sus placeres, y sobre todo, sus motivos de felicidad. Conocí a la persona que lo hace feliz y lo acompaña en sus días, algo que me dio más motivos para creer un poco más en eso tan extraño y particular que tenemos todos dentro nuestro, y que nos da la fuerza para seguir adelante. Sí, es el amor, en cualquier forma, paquete, tamaño y cuerpo.

Como siempre, estuvieron ahí como una presencia necesaria de mis vacaciones, mis hermanos menores, con todo lo que convivir con hermanos presupone. Todas las risas y peleas posibles, hicieron de cada minuto juntos algo hermoso, algo de lo que aprender, algo que nos unió cada día más.

Como dije anteriormente, no quiero que esos momentos se repitan, sino que cada uno al lado de mi reducido grupo de “los míos” sea único e irrepetible, y que se ponga en evidencia que se puede ser feliz con la sola compañía de un ser querido, o que la simpleza de una sonrisa puede hacer de un día, el mejor de todos.

Feliz cumpleaños, feliz.


No tengo una fecha trascendental de cumpleaños, pero recientemente hubo uno comenzó genial, y terminó todavía mucho mejor.
Es el de un par de amigas, un par de divertidas, locas y hermosas amigas que me dio la vida.
Bailamos, jugamos, nos reímos y nos encontramos con lo mejor que tiene una salida grupal: los amigos, viejos o nuevos, chicos y grandes.
Fue una de esas noches que no se van a olvidar en mucho tiempo, de esas que se disfruta al recordar y que trae a colación momentos en cada mateada que nos reúne.
Tuvo de todo, y con "de todo" también me refiero a broncas e incomodidades, ridiculeces, locura y vergüenza, que después de todo no fue tan mala, ya que gracias a esta, las risas son más ruidosas aún.
Gozar de esos momentos memorables que tenemos, y saber aprovechar hasta el último segundo que dure el festejo es lo que los hace únicos e irrepetibles.
No deseo que se repitan, sino que cada uno que venga sea mucho mejor y más lindo, y que los años nos traigan aún más alegría y ganas de festejar la vida y la amistad, que no necesariamente tiene que ser un día al año, sino todos los días.



Restos del cumpleaños.

Soy una ladrona, lo se, pero es que me podían.
No había nada más satisfactorio que comer de esos puflitos de colores que habían quedado de la fiesta de mi cumpleaños, en la bolsa gigante. Recién ahora vengo a comprender el por qué de la negación de disfrutar de algo tan lindo (gracias mamá, tengo un estómago de oro).
Era verdaderamente algo por lo que luchaba, y pasaron años antes de que pudiera disfrutarlos nuevamente.
Tal vez será porque cayeron en el olvido durante todo ese tiempo, o porque había otras cosas por que preocuparse, que no probé ni siquiera uno.
Obviamente que no tienen el mismo sabor de la infancia, donde todo nos parecía tan grandioso; los de ahora tienen lo suyo, y sobre todo, el recuerdo.
No se si será robo la palabra correcta, pero que los sacaba a escondidas, lo hacía. Comerlos y pensar, por un pequeño momento, en esos cumpleaños, en la casa de mis abuelos, en ellos y en mi familia me hacen caer en la idea de que a mi alrededor tengo a las mejores personas, que, aún con sus defectos, saben hacerme feliz.
Esa golosina, que no tiene nada más de alimento que la cuota de alegría de saborearla, me hizo y me hace feliz, y es verdaderamente algo por lo que luchaba.

Domingo de asado.

"¡No hay como la carne argentina!"
Frase que escuchamos una y otra vez, cuando, satisfechos de tanto vacío, costilla, chorizos y salchichas, terminamos un clásico argento.
Acompañado por ensaladas guarniciones, salsas, y los más diversos vinos, sodas, gaseosas y hasta agua, con los años hemos dejado que esta costumbre centenaria y del campo nos invada como un motivo de reunión y compañía, de encuentro y reconciliación, y, por qué no, de atención a los visitantes del difunto.
Reunirnos alrededor de una mesa, y comentar sobre el clima, los jóvenes, los políticossiemprecorruptos del país, la situación de la gente, los medios de comunicación, o cualquier tema que venga al caso forma parte de una de las costumbres más lindas que tiene el argentino, que extraña su tierra y su asado cuando está lejos, y goza cuando cerca.
Desde pequeña puedo disfrutarlos, y cada uno es una fiesta. Toda la familia, sean chicos, grandes, hijos y padres unidos solo por una horas y por un motivo tan especial.
La excusa perfecta para la reunión, que siempre termina en risas y una clásica guitarreada, extendiéndose por más horas de lo premeditado pero siempre con la satisfacción de decir "qué buen asado".
El partido posterior, la pila de platos para lavar, los niños que corren por todos lados con toda la energía de su edad y los más grandes observándolo todo, como desde arriba. No hay nada más lindo que la familia unida.
Y mucho mejor, por algo tan sabroso como un asado.