
Eso que nos hace querer a nuestro país, también puede hacer que lo odiemos.
Eso que le mostramos al mundo, también tiene su lado oculto. Como todas las cosas.
El autor intenta mostrarnos -y lo consigue con éxito-, ese gusto contradictorio que tenemos al decir que somos argentinos -o que no lo somos-.
¿Qué extraño no? Reconocemos nuestra argentinidad cuando nos hablan de estrellas futbolísticas, actores, cantantes. ¿Y cuando nos hablan de trabajo? ¿De pobreza? ¿De educación? Miramos a otro lado, no nos gusta hablar de esa parte fea, queremos siempre la gloria.
Un país tan rico, tan lleno de todo, que en algún momento tuvo lo que quiso el mundo entero. ¿Donde quedó toda la magia?
Tal vez fue sólo eso, magia, ilusión. Porque según afirman algunos autores, los argentinos viven de un ilusión, de un ideal, de algo inexistente. Tal vez soñamos tanto que a no nos queda tiempo para bajarnos a la tierra, y sentirla en los pies. Tal vez es ese gusto, ese placer de soñar, lo que nos da vida. Tal vez, tal vez.
Pero el argentino, encantado de ser argentino, es egoísta. Piensa individualmente, siempre buscando su ventaja antes de la de los demás. No le importa robar y engañar, siempre que saque algún provecho de lo que hace. (Y esto no es lo más vergonzoso, no; lo que da más vergüenza es que personajes ajenos de la vida argentina lo noten, aún antes que los mismos argentinos).
Algunos afirmaron a mediados del siglo XIX que "el país avanza de noche, cuando los funcionarios no pueden robar", y eso es parte de nuestra realidad actual; esos mismos se sorprenderían al vernos ahora, cumpliendo inconscientemente su predicción.
¿Qué pasó con la promesa de aquel "granero del mundo"? ¿Qué pasó con las promesas del famoso argentum? La etimología de la palabra Argentina proviene del latín, como muchos saben, y quiere decir plata. Nada más y nada menos que plata, una promesa que recorrió el mundo, que ilusionó y esperanzó a los más excluidos, y que como toda ilusión, terminó desvaneciéndose. O lo está haciendo en este momento.
Ser argentino implica cargar con un pasado no muy generoso, aunque el lugar donde se desarrolla ese pasado si lo sea.
El argentino es orgulloso, sin mérito, pero orgulloso por esa misma idea que se armó de si mismo y de lo que lo rodea. Quiso estar más allá de esos modelos de ciudades elegantes, quiso estar a la par, y terminó cayendo mucho más de lo que alguna vez hubiera creído que iba a caer. Esa idea formada en ese período de riquezas y ocio, de elegancia y suntuosidad, de placer y diversión, de derroche y extremos, lo único que hizo fue crear y alimentar esperanzas.
Argentina puede dar mucho más de lo que da, y mucho más aún de lo que ofrece. Sólo faltan las armas, la conciencia y el amor por lo que se es.
Conciencia popular, unión, bienestar general. Valores de la Constitución Nacional Argentina, tan olvidados por todos, pero tan necesitados en los tiempos que vivimos.
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