miércoles, 7 de julio de 2010

El cine en mi vida

El lugar del séptimo arte en nuestra provincia está aún más olvidado que el lugar de cualquier arte que recaude más que éste. Y si, tenemos que usar la palabra “recaudación”, porque vivimos en una sociedad en la que no se disfruta un buen rato de la mejor interpretación, sino que piensa más en cuanto dinero va a ganar si hace tal o cual cosa. Y es por eso mismo que hay tanta cosa sin ocupación ni estudio alguno que lucra mucho más que alguien con experiencia, conocimiento y dedicación al arte.
Nos admiramos cuando alguien se anima y se aventura al estudio sobre el cine, y realiza nuevas experiencias, para renovarlo y dejarle su impronta, y el prejuicio que tiene esto alrededor es inimaginable. Pero no sucede eso cuando una persona aparece en la pantalla de la televisión, hablando mal de otra, y para peor de males, es remunerado por maltratar y degradar en público a su víctima.
Por cosas como esas, por la poca valoración que tiene el cine en nuestra cultura, por dejar de lado este medio de comunicación que hizo tanto por nosotros a lo largo de los años, que nos representó en el mundo, que nos dejó tan bien parados, y que aún lo hace, es que suceden cosas como esta.
Crear, producir, fomentar, distribuir espacios para el cine y nuestras películas nacionales es una medida a medias, una medida que pierde lugar cuando se acerca el pulpo gigante que todo lo come, con su ambición a cuestas, y que repartió su ideología a todo el mundo. Y parece ser que tiene bastantes seguidores; eso se ve todos los días.
No recuerdo bien cuando fue la última vez que fui al cine, pero creo que tenía un par de años menos, algo así como hace dos o tres años, en Córdoba. Era una de las tantas películas de Disney, de hadas y luchas de buenos contra malos.
Ver una película con tu familia, juntos en tu casa, es genial. Pero sentarse en una butaca, la experiencia de ese sonido que te encierra y te aleja del exterior, y una imagen que te impresiona una y otra vez que entras a la sala, eso sí que es impagable.
Ir al cine y sentir el aroma del pochocho recién hecho, el boleto que te piden en la sala, me lleva automáticamente a mi infancia, a la magia del lugar, una magia encantadora que se repetía cada vez que me acercaba al lugar.
Es triste que no tengamos un espacio dedicado especialmente a eso que nos hace tan felices, o que al menos nos aleja un poco de la cotidianeidad, pero es más triste aún que sea suplantado de a poco por un elemento de plástico, algo que muy pronto perderá su valor.

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