sábado, 25 de junio de 2011

Restos del cumpleaños.

Soy una ladrona, lo se, pero es que me podían.
No había nada más satisfactorio que comer de esos puflitos de colores que habían quedado de la fiesta de mi cumpleaños, en la bolsa gigante. Recién ahora vengo a comprender el por qué de la negación de disfrutar de algo tan lindo (gracias mamá, tengo un estómago de oro).
Era verdaderamente algo por lo que luchaba, y pasaron años antes de que pudiera disfrutarlos nuevamente.
Tal vez será porque cayeron en el olvido durante todo ese tiempo, o porque había otras cosas por que preocuparse, que no probé ni siquiera uno.
Obviamente que no tienen el mismo sabor de la infancia, donde todo nos parecía tan grandioso; los de ahora tienen lo suyo, y sobre todo, el recuerdo.
No se si será robo la palabra correcta, pero que los sacaba a escondidas, lo hacía. Comerlos y pensar, por un pequeño momento, en esos cumpleaños, en la casa de mis abuelos, en ellos y en mi familia me hacen caer en la idea de que a mi alrededor tengo a las mejores personas, que, aún con sus defectos, saben hacerme feliz.
Esa golosina, que no tiene nada más de alimento que la cuota de alegría de saborearla, me hizo y me hace feliz, y es verdaderamente algo por lo que luchaba.

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