No había nada más satisfactorio que comer de esos puflitos de colores que habían quedado de la fiesta de mi cumpleaños, en la bolsa gigante. Recién ahora vengo a comprender el por qué de la negación de disfrutar de algo tan lindo (gracias mamá, tengo un estómago de oro).
Era verdaderamente algo por lo que luchaba, y pasaron años antes de que pudiera disfrutarlos nuevamente.
Tal vez será porque cayeron en el olvido durante todo ese tiempo, o porque había otras cosas por que preocuparse, que no probé ni siquiera uno.
Obviamente que no tienen el mismo sabor de la infancia, donde todo nos parecía tan grandioso; los de ahora tienen lo suyo, y sobre todo, el recuerdo.
No se si será robo la palabra correcta, pero que los sacaba a escondidas, lo hacía. Comerlos y pensar, por un pequeño momento, en esos cumpleaños, en la casa de mis abuelos, en ellos y en mi familia me hacen caer en la idea de que a mi alrededor tengo a las mejores personas, que, aún con sus defectos, saben hacerme feliz.
Esa golosina, que no tiene nada más de alimento que la cuota de alegría de saborearla, me hizo y me hace feliz, y es verdaderamente algo por lo que luchaba.
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